La luz entre las cortinas,
aquella deslumbrante luz solar.
El viento acompañaba.
Se movían entre los pétalos de las rosas marchitas
y pasaba divirtiéndose con las demás cosas sobre la mesa.
Solo libros y el periódico de los días anteriores permanecían en ella.
El silencio era la armonía y ya no habitaba mas la melancolía.
Los humanos que asechaban la casa parecían haberse ido, al expresar su hipocresía
y su disgusto ante los demás.
Solo dos viejos permanecían en la humilde propiedad y por supuesto un nieto desconsolado.
Torturado por amores imaginarios.
Se extrañaba el ruido pero injusto en un momento de sencillez.
Las hojas caían, era un verano de extraño ambiente, frio y sin perjuicio, de temor y de consolación.
Todo aquello presentía las nubes aproximarse, no provenían del mal porque sus sentimientos se hacían sentir en el corazón
como un cálido abrazo al atardecer.
El cielo se pintaba de un naranja a rojizo. Ahora las hojas con rapidez en el asfalto cubrian su apariencia gris. Las calles eran ríos de sangre
y el frio atardecer se colaba entre la piel del humano. La luna presente en el horizonte, llamativa con su belleza única, brillante ante los ojos de cualquiera.
Tristeza de aquel evento único y único en su belleza...
Los coristas se hacían escuchar entre las calles y el silencio, una pequeña escuela de arte se encontraba cerca de allí. El público eran los vecinos de aquel vecindario.
6:30 pm, era la exacta hora del ensayo organizado y de estricta disciplina, tal y como lo es su maestro que a su edad de 45 años ha aprendido de su pasión, las grandes obras y la composición.
Entre el canto, un piano interpretaba su atención, era otro alumno consumiendo su intelecto y belleza a la hora de integrar sus sentimientos a las melodías de una bella delicadeza.
Sus manos eran suaves y el roce de sus dedos en los teclados de marfil era como el sentir una pluma en la piel.
Eran tiempos de un penetrante dolor, del silencio y el secreto existente. Sea quien sea, la abrumadora soledad era la intriga del mañana. En cada calle los niños no se escuchaban más el grito por la diversión.
Se echaba de menos el caminar por aquellas tardes rojizas que no solo transmitían melancolía sino que también transmitía la paz y reflexión del mismo yo.
Ya nadie agradece a una imaginación, ya nadie estrecha ni siquiera el saludo, a la persona vecina o extranjera. Ahora solo el viento encamina al humano y lo hace caer a una vida prometedora o solo cae en una muerte repentina y bizarra.
jueves, 19 de febrero de 2009
jueves, 12 de febrero de 2009
martes, 3 de febrero de 2009
¡No madre, no me adores!
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